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I

En al aforismo 68, de su Novum Organum, dice Francis Bacon:

conviene por formal y firme resolución, proscribirlos todos [a los ídolos del prejuicio], y libertar y purgar definitivamente de ellos al espíritu humano, de tal suerte que no haya otro acceso al reino del hombre, que está fundado en las ciencias, como no lo hay al reino de los cielos, en el cual nadie es dado entrar sino en figura de niño.¹

Al respecto comenta el profesor Ignacio Burk:

El pensamiento de Bacon es en amplia medida utópico.  Su sueño de una humanidad libre y feliz por obra y gracia de la ciencia, sigue siendo sueño.  Hoy sabemos que una vida estrictamente científica es imposible.  Más importante que el saber científico, es saber qué hacer con la ciencia.  Y esto no es un problema científico, sino humano.  La solución que se le dé, no podrá ser tecnológica.  Dependerá fundamentalmente del grado de sabiduría y de la calidad moral del hombre y de su sociedad planetaria.  Las perspectivas del futuro de nuestra vida, dominada por la ciencia y sus aplicaciones técnicas, son oscuras; entusiasman y atemorizan a la vez.²

II

Dos aspectos quedan sobre la mesa.  El primero, expuesto por el comentado, es el asunto de las actitudes humanas que propicien el hallazgo del conocimiento; y el segundo, del comentarista, es el cientificismo, derivado del primero.

Como Jesús de Nazaret para ilustrar la condición del alma humana requerida para “entrar al reino de los cielos”, no vacila tampoco Bacon echar mano de la imagen del niño para apoyar su punto de la necesidad de desprejuciarse para acceder al reino de los hombres, que es el de la ciencia, según afirma.

De manera que el conjunto metafórico no deja de ser atrayente por su doble connotación:  el ser “niño”, por un lado, despojado de malicia, para después merecer ser el mayor receptor de la verdad divina; y, por otro lado, el ser el mismo niño pero sin ningún atisbo de prejuicios tergiversadores de la razón para acceder consecuente a la verdad científica.

Región divina por lado y región humana por el otro; fe y pureza para uno, ciencia y precisión para el otro.

 

III

La comparación es, sin duda, poderosa.  Compara tiempos, actitudes humanas y cambios históricos, más allá del simple hecho de la conexión metafórica.

Inauguró Jesús de Nazaret una era de revolución con su propuesta de que el hombre ame al prójimo como a sí mismo en medio de una humanidad exponencialmente egoísta, centrada en la guerra, el poder y la lujuria, sin conciencia conceptuada del amor.  Hizo el amor, en el plano de los sentimientos y la esperanza, su trabajo balsámico de rescatar a millones sumidos en el olvido y la condena para aproximarlos a una salvación inusitada, haciéndolos transitar el camino de la verdad y fe divinas.  Por primera vez el amor se hacia conciecia y ser de cultura.

Bacon, por su lado terrenal, protagonizó un cambio de época, de mundo, de paradigma, y a su manera inauguró una posteridad también.  En su opinión, su tiempo era el “anciano del mundo” y no los llamados “tiempos antiguos”.³  En consecuencia, se sentía partícipe de una época rica en observaciones y experiencias (ya se contaba con la pólvora, la imprenta y las propuestas de Copérnico y Galileo sobre la farsa del mundo geocéntrico), momento del espíritu calificado ─se dirá─ para desmontar la prédica del pensamiento dominante de entonces, a saber, el aristotelismo, sistema filosófico antiguo que daba mucho crédito al testimonio de los sentidos, en especial al del ojo humano, y dogmáticamente centraba los pilares de sus postulados bajo la fuerza de la autoridad.

Centra sus reflexiones, en consecuencia, sobre la verdad, como a su manera lo hiciera el nazareno.  ¿Qué es la verdad?  En mundo había vivido bajo el engaño, bajo una dictadura impuesta desde los clásicos, cerrada hacia el camino de la certeza.  Precisado estaba de un cambio de timón que empezaba por borrar eso de que hombre y sus sentidos eran la medida de las cosas, caldo histórico de cultivo del yerro humano.  No razonaba con pureza el hombre para atisbar la verdad de las cosas, por un lado, y la autoridad escolástica de la época, por el otro, ejercía un verdadero imperio sobre los ingenios y pretensiones de ver más allá de la nariz convencional.  Un ciclo cerrado para el error.

Así propone una introspección del pensamiento humano para depurar del yerro la capacidad del juicio del hombre (sus famosos ídolos del prejuicio) y desarrolla una propuesta de ciencia basada en la observación y el uso de instrumentos y métodos auxiliares allí donde la cortedad de los sentidos humanos no eran suficientes para acceder a la verdad.  En otros palabras, un sistema (método ya en Descartes, más adelante) para procurar la verdad, empírico él (Bacon es considerado el padre del empirismo), con los pies sobre la tierra y los nuevos tiempos, y alejado de aquellos cimientos etéreos procedentes de épocas ingenuas de la historia del pensamiento.

Hacerse niño para acceder al mundo de los hombres, que es el de la ciencia, y poder participar de la verdad con precisión en virtud de un juicio límpidamente guiado (sin prejuicios) y apoyado en un método, encuentra empuje argumental en la explicación de uno de sus ídolos, el de las cavernas:  el hombre, de niño, viene pergeñado hacia el error por la educación que recibe, por la influencia de quienes ejercen autoridad sobre su persona y por el trato ordinario con otros, lo cual lo conduce hacia una noción de cotidiana normalidad que eventualmente teñiría la diafanidad de su percepción y juicio posteriores.

De modo que se precisa la revisión y, dado el caso, el desmontaje de las nociones que pudieran conllevar a errar el camino hacia la verdad entre los hombres, esto es, el hecho científico.  Ahora había que mirar con ciencia, con método, con sistema, y para ello había que desenredarse de lo aprendido que no sirviera al propósito de tan terrenal y flamante religión entre los hombres.

 

IV

Tal cientificismo propuesto por Bacon, ese método que se basa en la observación y en el preciso guiar del razonamiento para llegar a la verdad del objeto estudiado, ejerció su peso histórico en el nacimiento de la ciencia que conocemos.  No existe noción de método científico (medición y empirismo) que no reconozca a Bacon como uno de sus progenitores, al menos en su expresión precursora dado que el método de hacer hacer ciencia hoy es otra cosa.  Fue el legado de posteridad de este pensador en su tiempo.

Mas como otros tantos pensadores que concibieron doctrinas, recetas o modos de vidas para lo humano (irónicamente como el mismo aristotelismo contra el cual se revolucionaba), Bacon navegó en lo utópico.  ¡Pero es el hombre el molde imperfecto que no se presta para el calado probablemente perfeccionista de las doctrinas:  materia inasible eterna, corriente informe de una espiritualidad sin fronteras!

 

V

Aquello de derivar conocimiento y conceptuaciones de la naturaleza observada y medida puede que en su tiempo constituyó una propuesta de desmontaje de un pensamiento sistematizado sobre la autoridad y la percepción ingenua; pero de allí a que pueda normar el indomable modo de vivir y de pensar de los seres humanos (especie reacia a lo eterno, al encasillamientos), parece mediar un trecho inconcebible.  Pero probablemente no sea Bacon y su utópico cientificismo la imperfeccion, como dijimos,  sino el hombre, el majadero hombre...

No obstante el espectacular influjo de la ciencia en nuestras vidas, especialmente hoy, era de la información, sociedad postindustrial, y no obstante el constante flujo y reflujo de utopías futuristas, el hombre lejos está de concebirse como una máquina, máquina robótica como las de hoy.  Ni siquiera en el caso de la cibernética, que concilia al tejido vivo (pensante o palpitante) con la máquina locomotora, se puede concebir que el majadero pierda ese espíritu de la duda y de la tentación que lo hará acariciar para siempre lo que se suponga más allá de los límites.  Porque tal pareciera su definición y tendencia:  el infinito y la imprecisión; y tal noción pareciera corroborarse en época tan científica y precisa como la de hoy cuando, a pesar de los caminos explorados, el majadero sigue mirando más allá y tentando el infinito, preguntándose lo de siempre:  ¿qué somos?, ¿de dónde venimos? y ¿hacia dónde vamos?   Cómo si no hubiésemos llegado a un punto que se pueda considerar un límite.

El alma humana es una sed que no se sacia.

 

Notas:

¹  Francis Bacon:  Novum Organum [en línea]. – [S.P.I.]. - Libro primero, Aforismo 68. http://paranalisis.blogspot.com/2012/08/francis-bacon-novum-organum.html.  [Consulta: 4 sep 2012].
²  Ignacio Burk:  Filosofía:  Una introducción actualizada / Pedro Luis Díaz García y Luis Felipe Quintanilla Ponce (Col). – Caracas:  Insula [impreso por Grafarte para Vzla], 1984 [tomado de la Cub.]. – p. 10.
³  Bacon:  Novum... - Aforismo 84.

“Alguien ha dicho que los sentidos son los maestros primarios de la humanidad.  Nos enseñan las primeras letras:  un sinfín de cosas útiles, pero también una buena porción de falsedades.  La cosmología de Aristóteles fue falsa porque daba demasiado crédito a los ojos.  El científico les tiene una cierta desconfianza a los sentidos:  a ojos y oídos”
Ignacio Burk.

I. Pintorequismo idealista

La historia del mundo antiguo está llena de graciosas o grotescas anécdotas sobre filósofos.  Rápido viene a la mente aquel impresionante señor sofista que se paraba en la plaza pública y ante un auditorio por fuerza culto ─el griego─ demostraba cómo una tortuga le ganaba una carrera a Aquiles, el de los pies ligeros.

O esta otra, que calza al pelo con nuestro tema:  que Demócrito se arrancó los ojos para impedir que las impresiones del mundo exterior interfiriesen en sus meditaciones.

Y así muchas otras que ponen ante nuestros ojos a unos griegos entusiastas y capaces de todo por conservar la mecánica de su razonamiento lógico.

Demócrito tuvo como discípulo a Protágoras, el famoso creador de la frase “El hombre es la media de las cosas”, de gran controversia interpretativa hasta hoy; y tuvo como maestro a Leucipo de Mileto, fundador de la teoría atomista, aunque para muchos estudiosos no existió más que como un ardid-invención de Demócrito para sustentar sus afirmaciones.

Demócrito es considerado por muchos el padre de la ciencia moderna por aquella propuesta suya de desterrar a la magia en la explicación de los fenómenos físicos:  sentir el contacto de un cuerpo sobre la mano, por ejemplo, no tiene su causa en la presencia de un dios de la materia en las cosas, sino en un proceso puramente físico y mecánico.  Más allá, incluso, postula que la visión es posible a la emisión de partículas de los cuerpos, teoría corpuscular desarrollada siglos después por Newton.

Sin que esto necesariamente deje de conceptuarlos como idealistas, como de hecho más modernamente los catalogamos (pensadores entregados a un puro discurrir del razonamiento, que da para hacer ciencia y explicar la vida, rozando la meditación), tales inquietantes atisbos epistemológicos traen a la consideración la eterna discusión de la conciencia humana como derivada de la materia o de las ideas (dualismo materialismo-idealismo).

Al sacar a dios de los cuentos humanos, a Demócrito se le considera el primer ateo.  Postula que la realidad es materia:  "Los principios de todas las cosas son los átomos y el [vacío]; todo lo demás es dudoso y opinable"; y que "El conocimiento verdadero y profundo es el de los átomos y el vacío, pues son ellos los que generan las apariencias, lo que percibimos, lo superficial”.

Dice la literatura que Platón en su tiempo lo aborrecía y que, en un acceso de ira, intentó quemar sus escritos.

De Protágoras, su discípulo, el de la fase controversial arriba dicha, se dice que fue el creador del arte retórico y el primer profesional de la educación que se conoce:  sofista, viajero, donde iba cobraba un alto sueldo por enseñar.

Era lo que hoy se llama un agnóstico:  “respecto a los dioses, no tengo medios de saber si existen o no, ni cuál es su forma. Me lo impiden muchas cosas: la oscuridad de la cuestión y la brevedad de la vida humana.” Actitud escéptica que, como en Pirrón (fundador del escepticismo filosófico), probablemente fue alimentada por su condición viajera y gran conocedor de mundo.

Su frase “El hombre es la medida”, independientemente de la interpretación individual o colectiva que se le dé, encarna un alto contenido de relatividad humana, fundamentalmente anclada en la capacidad de juicio de los hombres, inevitablemente soportada en el testimonio de los sentidos, considerados de dudosa exactitud o perversión hasta por ellos mismos, los antiguos.  No es casual que de esta línea familiar de filósofos mencionados algunos hayan acometido acciones tendentes a suprimir el yerro que se hereda del testimonio de los sentidos y que puede turbar la capacidad de juicio del hombre:  como se dijo de Demócrito, que se sacó los ojos para que no entorpecieran su meditación del mundo, también se dice que el filósofo Pirrón se extirpó las cuerdas vocales para así mantener una libre suspensión del juicio.

Después de leer su escrito Sobre los dioses, muerto su protector Pericles, este discípulos de Demócrito, Protágoras, cayó en desgracia.  Fue acusado de impiedad, y se impartió la orden de quemar sus libros y condenado a muerte o destierro, disyuntiva aún imprecisa.  Tal cual como ocurriera con Sócrates, condenado por profesar y propalar sus creencias, incómodas para el orden establecido.

Del maestro de Demócrito, Leucipo de Mileto, hay que decir lo que del mismo Demócrito:  fundó el atomismo mecanicista:  existe el ser (formado por átomos) como el no-ser (formado por el vacío), esto en aparente respuesta a las enseñanzas de su maestro Parménides.  Atiende la naturaleza formal de las cosas y señala, por ejemplo, que el alma esta formada por átomos esféricos.

 

II. La cruda materia

Lo anterior, tal retahíla sobre filósofos convencidos de  sus ideas y desconfiados del testimonio que le brindan sus propios sentidos, sienta el precedente conflictivo filosófico entre la autoridad y el pensamiento, emblemáticamente ilustrado con la vida y condena de Sócrates, si hablamos de los antiguos, y con la de Galileo Galilei o Giordano Bruno, si de los modernos.

Desterrar la magia como opción explicativa del mundo sensible y, en consecuencia, ser acusado de ateo por excluir a los dioses de las debidas explicaciones; traer a colación a los átomos, aquello no que no se puede cortar, y proclamar y propalar que ellos por sí mismos (no por dioses) generan una sensibilidad que permite percibirlos; sufrir persecución y quema de libros como represalia y castigo por todo lo anterior, inaugura un cuadro de la experiencia gnoseológica que encuentra repetición varios siglos después con Copérnico, Giordano Bruno, Francis Bacon, Galileo Galilei y René Descartes en la fundación de la filosofía y ciencia modernas.

Y es porque en el fondo, puede decirse, lo mismo para antiguos como para modernos, pende a la consideración el tema de la materia y la conciencia, de las ideas y la conciencia, apartados que dividen en corrientes a la filosofía.  Los unos materialistas, desterradores de dioses en su explicación de que la conciencia humana es consecuencia de lo material; los otros idealistas, que propalan que la idea es lo primordial.

En el principio no fueron los hombres, seres concretos, sino los dioses, seres etéreos.  Es la era mágica y primera de la razón humana.  Herramientas y hasta los mismos sentidos humanos son prescindibles para acceder a lo que entonces los hombres proclaman sus verdades, sus esencias, sus dioses, su panacea explicativa.  Si en un principio son las ideas (eso etéreo inalcanzable), es consecuente que la meditación sea el camino esencial para acceder a ellas.  Por ello no extraña que un Demócrito se arrancase los ojos para no importunarla; o que un Pirrón se extirpase las cuerdas vocales para no contaminar su juicio durante su ocurrencia.

El único método que entonces precisa tal sistema filosófico para sin yerro dar con la verdad, para su ciencia fundar una historia natural, es el de la meditación y el de seguir la evolución del espíritu, como dijera casi dos mil años después Francis Bacon.  Porque la verdad está subsumida en lo esencial, en lo etéreo, en la interioridad del individuo que percibe su sustancia y en su abstracción de lo externo.  La primera edad filosófica del mundo es, pues, la meditación, con todos su yerros y omisiones respecto del mundo extraconciente.

Pero los hombres son humanos y están dotados ─limitada e imperfectamente─ de sentidos, entonces la medida de las cosas.  Son los “genios malignos” del error (tanto entonces como ahora), como también mucho tiempo después dijera Descartes.  Su testimonio fementido hacia la corriente interna de la evolución del espíritu y sus ideas eventualmente degeneraba en perturbación contaminante.  Así ─volvemos─ se explica la anécdota de Pirrón y Demócrito.

Sin embargo, con todo y su por algunos postulada inadecuación en la aprehensión de lo esencial, los sentidos fueron la primera medida filosófica, la primera escuela de los hombres, como lo es la misma infancia para el humano.  Verdad y error estaban implicados en su percepción y, aun en el supuesto de apreciar la verdad, su testimonio siempre se consideraba alejado de la pureza y divinidad imperante en lo esencial.

La tragedia para los hombres empieza con los brotes materialistas, muchísimo antes que la historia de estos griegos de los que hablamos.   En otras culturas y enfoques podía el agua generar la vida, tener sus propiedades y facultades, ser diosa instituida sin problema alguno; pero en la época griega que tratamos, atribuirle a la materia propiedades autónomas era incurrir en ateísmo e impiedad.  Un dios animaba la materia y con su magia la hacia sensible a la percepción humana.  Se entiende que no era posible eso de que “en un principio fuese la materia, luego la conciencia”. Los dioses siempre fueron.

Si ya la percepción imprecisa de las cosas comportaba una contaminación para la corriente interna de la busca de la verdad, perturbando la meditación, el libre fluir del espíritu, mayor drama habría de representar aseveraciones como que la materia tenía una sistémica vida propia, desentendida de divinidad alguna; grave era eso de que una moneda en la mano la percibo porque ella, materialmente, emite un peculiar efecto y no porque la anime un dios para que yo sepa.  Lo contrario no es idealismo, sino ateísmo, para desgracia de sus propulsores.

Se trata de una era primitiva del pensar, como llevamos dicho, ensimismada en su propia fenomenología, en su dialéctica, que abarcó toda la época del razonar griego hasta el luminoso Aristóteles, que, sin otro remedio y auxilio que sus ojos y el peculiar razonamiento de herencia y formación, parió y oficializó dicho espíritu para el devenir de la humanidad, hasta hace muy poco.

Los escolásticos se encargarían después de vestir el cuerpo del pensar griego con el ropaje religioso cristiano (o viceversa), haciéndolo Estado, lo cual seguramente ha de representar la mayor aspiración del idealismo filosófico entre los políticos hombres.

Cuando con sus métodos y herramientas advienen los hombres de la ciencia moderna (Copérnico, Bruno, Bacon, Galileo, Descartes) y empiezan a cuestionar verdades establecidas, empieza otra vez a repetirse el ciclo del acusatorio de “irrespeto” al pensamiento divino, la historia de herejía, el ateísmo o impiedad.  Pero está vez con mejores métodos y esperanzas defensivos para el “hereje”; con más ciencia y menos refutación (aunque, en contrapartida, con más fanatismo); con más materia terrenal y menos aérea conciencia, para decirlo con un lenguaje de mayor aclimatación.  Y el asunto ─la debacle aristotélica y ptolomeica, específicamente─ empieza por el cuestionamiento geocentrista. 

La materia cobró dimensión existencial, filosófica, científica; empezó a tener leyes, leyes ajenas a etéreas divinidades.  Los nuevos instrumentos, apoyo de los sentidos, exorcizaban en lo posible el yerro natural humano, esa ingenuidad del principio.  Y el mundo de los sentidos empezó a caer; Aristóteles, a tambalearse.  No era tan cierto eso de que los sentidos fuesen la medida de las cosas (tomando partido nosotros por una de sus interpretaciones):  los ojos decían que alrededor de la Tierra, divina ella, giraba todo; pero los instrumentos empezaron a comprobar lo contrario.

El método y las herramientas hicieron la diferencia respecto de la ingenuidad filosófica antigua; trajeron consigo la filosofía y ciencia modernas.

La filosofía antigua es como la primera escuela de los sentidos:  verdad y mentira navegan en ella, como en barcazas construidas con medidas ingenuas.  Aristóteles oficializó el espíritu griego, pero también su caterva errónea, transformada luego en autoridad.  Y los escolásticos luego hicieron ese trabajo: pervirtieron el espírtu idealista griego y lo reclavetearon haciendo de la barcaza una iglesia.  Ergo, tenemos al hombre, ser político y religioso, pensante humano, sometido en su pensamiento al tal método de autoridad mental, avasallado, en fin, por tanta “verdad” impuesta, en los sucesivo acariciando el arma del dudar y la desconfianza. Esto si reducimos al hombre a la simpleza interpretativa de que es un ser de conflictos, de fe y rebelión.

Las nuevas herramientas, actitudes y métodos invirtieron los papeles en la busca de la verdad:  ahora lo perturbado en el hallazgo no era la corriente interna del espíritu; al contrario, el espíritu humano, con su formación y carga de maderos claveteados, era quien entorpecía el libre fluir e interpretación de la corriente material y sus leyes.  El punto es materia de reflexión para Bacon en su Novum Organum y sus conocidos ídolos del prejuicio.

 

“¿Contra qué peligro, verdadera trampa mortal para la duda metódica, previene Descartes [...]?”
Ignacio Burk

Al final del primer libro de las Meditaciones metafísicas, Rene Descartes razonó:

Supondré, pues, que no un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino algún genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar; creeré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todo lo externo no son más que engaños de sueños con los que ha puesto una celada a mi credulidad; consideraré que no tengo manos, ni ojos, ni carne, ni sangre, sino que lo debo todo a una falsa opinión mía; permaneceré, pues, asido a esta meditación y de este modo, aunque no me sea permitido conocer algo verdadero, procuraré al menos con resuelta decisión, puesto que está en mi mano, no dar fe a cosas falsas y evitar que este engañador, por fuerte y listo que sea, pueda inculcarme nada. Pero este intento está lleno de trabajo, y cierta pereza me lleva a mi vida ordinaria; como el prisionero que disfrutaba en sueños de una libertad imaginaria, cuando empieza a sospechar que estaba durmiendo, teme que se le despierte y sigue cerrando los ojos con estas dulces ilusiones, así me deslizo voluntariamente a mis antiguas creencias y me aterra el despertar, no sea que tras el plácido descanso haya de transcurrir la laboriosa velada no en alguna luz, sino entre las tinieblas inextricables de los problemas suscitados¹

Antes de comentar, mencionemos el alerta que lanza descartes sobre la amenaza contra la duda metódica, vale recordar dos puntos marcos para situarnos en el tema.

El primero es sobre éstas, sus Meditaciones, que están compuestas por seis partes, meditaciones o libros.   Comparto con ustedes el esquema realizado sobre el contenido de cada uno de ellas a efectos de analizar su lectura.

Meditación 1

Situaciones que nos inducen a la confusión y el error.  El "genio maligno". En su sinopsis escribe (previo a sus seis meditaciones, el autor escribió un resumen de ellas): "se exponen las causas por las que podemos dudar de todas las cosas".

Meditación 2

Argumento de la existencia de dios.  Si tenemos conciencia de nosotros, la tenemos de Dios.  Si sabemos de lo imperfecto, también sabemos de Dios, el ser perfecto.  En su sinopsis la alude como tratado “sobre la inmortalidad del alma”.  En la meditación:  nada es más reconocible con evidencias que la mente.

Meditación 3

Prueba de la existencia de Dios:  argumento sobre la existencia del mundo.  En su sinopsis:  "argumento para probar la existencia de Dios".

Meditación 4

Realidad y percepción.  En su sinopsis:  "se prueba que todo lo que percibimos clara y distintamente es verdadero"  En la meditación:  "la contemplación de Dios mismo, considerar sus atributos, y mirar, admirar y adorar la belleza de tal luz". Investigación sobre la causa del error y la falsedad.

Meditación 5

Argumento de la existencia de Dios:  si se puede pensar, existe.  En su sinopsis: al "explicarse la naturaleza corpórea tomada generalmente, se demuestra la existencia de Dios de un nuevo modo".  En la meditación:  "si hay algo evidente para mi mente, es absolutamente cierto"  Sobre la existencia de las cosas físicas y Dios (no físico, sino mental, primordial).

Meditación 6

Discurso sobre el dualismo:  el bien y el mal.  En su sinopsis:  "se separa el intelecto de la imaginación, se describen los signos de esa distinción, se prueba que el alma se distingue realmente del cuerpo".  Distinción alma-cuerpo.

El segundo punto es sobre la hora histórica que vivió Descartes (1.596-1650), hora de revolución, de cambio de posturas mentales, de derrumbe de enquistados paradigmas.  Hora de cambio completo, tanto material (formas materiales de vida:  Revolución industrial, Capitalismo) como epistemológico (cuestionamiento de la cosmología aristotélica). 

El mundo de entonces, renacentista, es actitud de afloramiento de lo nuevo, de renovación espiritual; pero es, también, hecho de cambio concreto, cuando la sociedad asiste a su misma evolución histórica hacia lo industrial.  No sólo es una sensación de cambio de actitudes mentales, sino una experiencia de facto, de mundo cambiante, comprobable al simple mirar.   En otras palabras, es lo que se conoce como Modernidad,² hombre y época del presente en oposición a lo viejo y desmontado.  Lo nuevo contra lo viejo, fue la época en que los hombres empezaron a zanjarse en la conocida diatriba de los antiguos versus los modernos.

El golpe epistemológico fundacional lo había asestado Galileo Galilei (1.564-1.642)³ con su nueva ciencia desmontadora de “mentiras” aristotélicas, hecho que llevó a los pensadores a concluir que el mundo había vivido bajo el engaño durante siglos (más allá incluso del mismo Aristóteles), ensayando una concepción de vida y científica basada en el error de cálculo propio de los sentidos.

De semejante sentimiento de lo perdido o de lo erróneo, en virtud de la limitada capacidad exploratoria de los sentidos ─que no especular─, participan René Descartes y Francis Bacon (1.561-1.626), quienes en su filosófica disciplina se dedican a pensar un método que no yerre en su propósito de dar con la verdad, ni en su consiguiente generación de conocimientos ciertos.  En las Meditaciones, sistematiza filosóficamente Descartes sus consideraciones sobre el método nuevo de hallar verdades; como también se preocupa Bacon (Nuevo Órgano de las Ciencias) por minimizar el yerro humano al criticar la lógica y el método aristotélico, y al legarle a la posteridad, específicamente, sus alertas sobre los prejuicios del hombre como factores pervertidores de la realidad.  Tales (Galilei, Descartes y Bacon), con sus posturas y trabajos, son los creadores de la Modernidad, como se les conoce.

Ahora, ya podemos preguntar contra qué peligro para la duda metódica previene Descartes.  El texto en cuestión se comprende sobre la connotación del momento histórico que le tocó vivir y sobre la consiguiente angustia filosófica generada en su persona, que ve coartada la posibilidad de llegar a la certeza en el conocimiento, más cuanto si los impedimentos se enquistan en la naturaleza humana misma, en las “dulces ilusiones” de los sentidos (como dice él) y en el contexto cultural del hombre (las “antiguas creencias”), hacia donde el hombre es halado hasta voluntariamente con tal de no afrontar las dificultades de las “tinieblas” que implica el ponerse a cuestionar lo establecido.

El peligro es el conformismo.  Quien vive conforme no duda y acepta como dado cuanto le rodea y cuanto se diga respecto de lo que le rodea.  Quien se conforma no filosofa y teme intrincarse en la tinieblas de los “problemas suscitados” por causa de los cuestionamientos o indagaciones.  Podría perder el sueño y la placidez, dado que filosofar es ante todo un ejercicio de la duda, y ya puede comprenderse por qué es más displancentero dudar que aceptar cuanto está convenido en el mundo y el universo.  Considérese no más a Galileo Galilei, quien  recibió su sentencia por atentar contra las “grandes verdades” aristotélicas:  detenido, enjuiciado y sentenciado a abjurar de sus hallazgos.

La duda metódica es en Descartes su propuesta ante el engaño que tanto cultura (mundo) como sentidos inducen al error en el hombre.  Es el primer paso metódico para encarar filosóficamente la vida, el mundo, la infinidad de verdades que se puedan ocultar detrás de un universo, y descubrirlas.  Cuestionar cuanto a uno se le haya enseñado y cuanto haya oído como primer fundamento de búsqueda de lo real.  No de otro modo podría prevenirse contra engaños tan milenarios y paradigmáticos, como el aristotélico.  ¡Copérnico y Galilei:  vaya, vaya, el mundo conocido ya no era centro de nada!  Los sentidos humanos dejaban de ser la medida de todas las cosas..., como propalaban los viejos esquemas.

La propuesta de busca de la verdad en todo tiempo y lugar tendrá como impedimento epistemológico el fácil empuje de la vida, su cotidianidad y fáciles verdades, que entran a nuestro oído y construyen “realidades”.  Es el llamado “sueño de la vida”, dulce e ilusorio, contra el que previene Descartes, dado que el hombre podría no querer despertar de él.  Como si dijéramos que dulce, placentero y sencillo es lo conocido, en contraposición a lo rocoso e intrincado que pueda resultar la consideración o hallazgo de una nueva realidad.

La propuesta en sí no es nada nueva, aunque nunca desarrollada como sistema, como lo hizo el filósofo, aunque esencialmente sea el sistema de la filosofía como disciplina.  Vieja es la idea de olvidar lo aprendido para genuinamente aprender; retroceder figuradamente hasta la condición de niño para entrar al reino de los cielos (dar con la verdad) ya lo recomendaba Jesús de Nazaret; y también, contemporáneamente con Descartes, lo propuso Francis Bacón cuando dijo que “No entraremos en el Reino del Hombre de esta Tierra que es el de las ciencias, como no entraremos en el Reino de los Cielos, si no damos la vuelta para hacernos niños”.

Para un filósofo, dormirse sobre la corriente de la vida no es opción de vida, sino de inexistencia, en tanto el mundo podría ser la decoración de una farsa.   Su misión es la duda para detectar verdades o engaños, y ello puede incluir presuponer que su vida es una ficción (como hiciera el mismo Descartes) con tal de no dejarse arrastrar por el “sueño de la vida”.

_______ 
¹  Rene Descartes:  Meditaciones metafísicas [meditaciones completas de Descartes] [en línea]. – Trad. José Antonio Míguez. - [S.F.]. -  http://www.scribd.com/doc/37686804/Meditaciones-Metafiscas [también aquí, documento completo, solicitando afiliación gratuita por ser material con derechos de autor:  http://docuapoyo.blogspot.com/2009/10/meditaciones-completas-de-descartes.html?zx=e3481da535e0f1a0]. - [Consulta:  17 nov 2.010].
²  Oscar J. Camero:  “Modernidad, actitud de cambio y novedad” [en línea]. – En Blogxistencia, viviendo y pensando en ello. - [S.F.]. - http://blogxistencia.blogspot.com/2010/05/modernidad-actitud-de-cambio-y-novedad.html. - [Consulta:  17 nov 2.010].
³  Y Nicolás Copérnico con antelación, y su teoría heliocéntrica.

 

“Preparar una exposicón sobre el concepto y los comienzos de la modernidad.  Tome en cuenta estos puntos:  definición de la modernidad y caracterización de sus comienzos; la nueva física y cosmología; el descubrimiento de América como contribución al pensamiento nuevo; la preocupación filosófica por el método en atención al momento histórico que la motiva; los primeros teóricos del método y sus libros.”
Ignacio Burk

La modernidad es ante todo una actitud que comporta un sentimiento de cambio, de imposición de una nueva razón respecto de valores tradicionales históricos y filosóficos.  Se orienta a transformar el modo de vida, la sociedad, sobre el contexto de nuevas condiciones históricas de cambio de carácter material:  la Revolución Industrial y el Capitalismo son su locomotora, fenómenos económicos, sociales y políticos triunfantes que llevan a confrontar o superar lo antiguo o viejo.

Arranca, como sentimiento y actitud, con ese renacentismo del siglo XV, pero se concreta como hecho modernista, como Edad Moderna, con el advenimiento de la sociedad industrial.  Es lo nuevo versus lo viejo.

De hecho, la Edad Moderna  está situada como época aterrizando en los inicios de la Edad Contemporánea, por allí a principios del siglo XIX, arrancando desde la Edad Media.

Semánticamente “modernidad” es atributo de moderno, una cualidad; el diccionario nos dice en la primera acepción que “moderno” es lo “Perteneciente o relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente.” (1)  Lo actual, pues, como si casi dijéramos lo que vale realmente, la realidad, y valga la redundancia.

En fin, para ser más tajantes, véase el derivado “modernismo”:  “Especialmente en arte y literatura, afición a las cosas modernas con menosprecio de las antiguas.”  Ese menosprecio es el que nos lleva a despotricar de los antañones, espetándole a veces un “¡Modernízate!”.

Así llegamos al punto procurado de la razón filosófica que priva a partir del Renacimiento:  no es el desprecio de las posturas de los antiguos, sino su revisión y, a veces, hasta su desenmascaramiento.  Vaya sin la mala fe del desprecio esto del  “desenmascaramiento”, porque filósofo fueron los modernos formados en las escuelas antiguas.

El aire cuestionador de los nuevos tiempos (estructuras sociales que cambian, sistemas económicos que se consolidan, impacto de nuevas tecnologías, la imprenta en un principio) obliga a una nueva mentalidad también, centrada primordialmente en la revisión de la posturas aristotelianas y platónicas como directrices de vida, conocimiento y cultura.  Tal ambiente justificó plenamente los trabajos de Renato Descartes y su duda metódica (buscando la verdad con evidencias:  Meditationes de Prima Philosophia) y de Francis Bacon con su combate a los ídolos del prejuicio (Novum Organon Scientiarum).  El nuevo ambiente revolucionario, modernista, cuestionador de lo viejo y de sus viejas cadenas, llevaron a estos dos filósofos a sembrar la duda como método inicial de exploración científica y del pensar filosófico; y los llevó también a sentar las bases emancipadoras mentales del antiguo esquema del pensamiento humano, con toda su predeterminación cosmogónica, cosmológica, científica y filosófica.

Parejo al proceso de superación de la sociedad preindustrial caminó esta actitud de los nuevos tiempos, propia de los audaces hombres con sus nuevas tecnología de la época industrial, cuasi dioses de la invención.

Lógicamente, hay que tener en cuenta para estas consideraciones sobre críticas actitudes respecto de la tiranía de lo viejo, el aporte fundamental de quien es considerado hoy no sólo el “padre de la ciencia”, sino de la “física moderna” y “astronomía moderna”:  Galileo Galilei.  El, junto a Copérnico (quien sustentó con cálculos matemáticos el heliocentrismo), prácticamente iniciaron la revolución científica, y debe quedar claro que semejantes “revolcones” en las actitudes y costumbres humanas  de la época han de afectar el espectro del pensar filosófico, dado que ciencia es discurso sistematizado de un sector de lo real, de lo real susceptible filosófico.

Por sus trabajos, Galileo se confronta a los poderes vigilantes de las viejas épocas, esto es, aristotelismo e Iglesia Católica Romana, y ello ilustra emblemáticamente el moderno conflicto entre la libertad de pensamiento del hombre y la autoridad, rígida en medio de tanto revolucionario cambio.  De hecho, para juntar ya teoría y práctica, digamos filosofía y ciencia, respectivamente, el trabajo experimental de Galileo se presume complementario de los escritos idealizantes de Francis Bacón sobre el método científico.

Cosmológicamente el mundo se reacomodaba, pues, el conocido empezaba a resquebrajarse,  a modernizarse, correlativo a las nuevas formas de vida industrial y capitalista que nacían entonces, como sentándose a esperar que tanto doctrina como vieja autoridad rodasen por los suelos en virtud de una más pura razón humana y manera de pensar.  El mundo ya no era el centro, como propalaba la vieja Iglesia, que vieja sigue aun hoy, sumida en la catacumbas aristotélicas de la premodenidad.  De allí la razón de su hundimiento y, probablemente, de su final descomposición como poder ensamblado en la transmoderna sociedad de hombres tentando a ser dioses.

Como hachazo final, para avivar la llama modernista y el reguero incendiario de las transformaciones, el “descubrimiento” de América y los viajes de los “descubridores” alrededor del mundo trajeron al tapete las sospechas de la redondez de la Tierra y la falacia de los antiguos poderes y doctrinas.

El “nuevo mundo” no son los territorios, planetas o nuevas formas de vida hallados, sino la actitud moderna pensante de los hombres.  La modernidad es la vita nuova.

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