La filosofía ingenua y el trágico materialismo para los hombres
0 comentarios Publicado por Oscar J. Camero en 12:01“Alguien ha dicho que los sentidos son los maestros primarios de la humanidad. Nos enseñan las primeras letras: un sinfín de cosas útiles, pero también una buena porción de falsedades. La cosmología de Aristóteles fue falsa porque daba demasiado crédito a los ojos. El científico les tiene una cierta desconfianza a los sentidos: a ojos y oídos”
Ignacio Burk.
I. Pintorequismo idealista
La historia del mundo antiguo está llena de graciosas o grotescas anécdotas sobre filósofos. Rápido viene a la mente aquel impresionante señor sofista que se paraba en la plaza pública y ante un auditorio por fuerza culto ─el griego─ demostraba cómo una tortuga le ganaba una carrera a Aquiles, el de los pies ligeros.
O esta otra, que calza al pelo con nuestro tema: que Demócrito se arrancó los ojos para impedir que las impresiones del mundo exterior interfiriesen en sus meditaciones.
Y así muchas otras que ponen ante nuestros ojos a unos griegos entusiastas y capaces de todo por conservar la mecánica de su razonamiento lógico.
Demócrito tuvo como discípulo a Protágoras, el famoso creador de la frase “El hombre es la media de las cosas”, de gran controversia interpretativa hasta hoy; y tuvo como maestro a Leucipo de Mileto, fundador de la teoría atomista, aunque para muchos estudiosos no existió más que como un ardid-invención de Demócrito para sustentar sus afirmaciones.
Demócrito es considerado por muchos el padre de la ciencia moderna por aquella propuesta suya de desterrar a la magia en la explicación de los fenómenos físicos: sentir el contacto de un cuerpo sobre la mano, por ejemplo, no tiene su causa en la presencia de un dios de la materia en las cosas, sino en un proceso puramente físico y mecánico. Más allá, incluso, postula que la visión es posible a la emisión de partículas de los cuerpos, teoría corpuscular desarrollada siglos después por Newton.
Sin que esto necesariamente deje de conceptuarlos como idealistas, como de hecho más modernamente los catalogamos (pensadores entregados a un puro discurrir del razonamiento, que da para hacer ciencia y explicar la vida, rozando la meditación), tales inquietantes atisbos epistemológicos traen a la consideración la eterna discusión de la conciencia humana como derivada de la materia o de las ideas (dualismo materialismo-idealismo).
Al sacar a dios de los cuentos humanos, a Demócrito se le considera el primer ateo. Postula que la realidad es materia: "Los principios de todas las cosas son los átomos y el [vacío]; todo lo demás es dudoso y opinable"; y que "El conocimiento verdadero y profundo es el de los átomos y el vacío, pues son ellos los que generan las apariencias, lo que percibimos, lo superficial”.
Dice la literatura que Platón en su tiempo lo aborrecía y que, en un acceso de ira, intentó quemar sus escritos.
De Protágoras, su discípulo, el de la fase controversial arriba dicha, se dice que fue el creador del arte retórico y el primer profesional de la educación que se conoce: sofista, viajero, donde iba cobraba un alto sueldo por enseñar.
Era lo que hoy se llama un agnóstico: “respecto a los dioses, no tengo medios de saber si existen o no, ni cuál es su forma. Me lo impiden muchas cosas: la oscuridad de la cuestión y la brevedad de la vida humana.” Actitud escéptica que, como en Pirrón (fundador del escepticismo filosófico), probablemente fue alimentada por su condición viajera y gran conocedor de mundo.
Su frase “El hombre es la medida”, independientemente de la interpretación individual o colectiva que se le dé, encarna un alto contenido de relatividad humana, fundamentalmente anclada en la capacidad de juicio de los hombres, inevitablemente soportada en el testimonio de los sentidos, considerados de dudosa exactitud o perversión hasta por ellos mismos, los antiguos. No es casual que de esta línea familiar de filósofos mencionados algunos hayan acometido acciones tendentes a suprimir el yerro que se hereda del testimonio de los sentidos y que puede turbar la capacidad de juicio del hombre: como se dijo de Demócrito, que se sacó los ojos para que no entorpecieran su meditación del mundo, también se dice que el filósofo Pirrón se extirpó las cuerdas vocales para así mantener una libre suspensión del juicio.
Después de leer su escrito Sobre los dioses, muerto su protector Pericles, este discípulos de Demócrito, Protágoras, cayó en desgracia. Fue acusado de impiedad, y se impartió la orden de quemar sus libros y condenado a muerte o destierro, disyuntiva aún imprecisa. Tal cual como ocurriera con Sócrates, condenado por profesar y propalar sus creencias, incómodas para el orden establecido.
Del maestro de Demócrito, Leucipo de Mileto, hay que decir lo que del mismo Demócrito: fundó el atomismo mecanicista: existe el ser (formado por átomos) como el no-ser (formado por el vacío), esto en aparente respuesta a las enseñanzas de su maestro Parménides. Atiende la naturaleza formal de las cosas y señala, por ejemplo, que el alma esta formada por átomos esféricos.
II. La cruda materia
Lo anterior, tal retahíla sobre filósofos convencidos de sus ideas y desconfiados del testimonio que le brindan sus propios sentidos, sienta el precedente conflictivo filosófico entre la autoridad y el pensamiento, emblemáticamente ilustrado con la vida y condena de Sócrates, si hablamos de los antiguos, y con la de Galileo Galilei o Giordano Bruno, si de los modernos.
Desterrar la magia como opción explicativa del mundo sensible y, en consecuencia, ser acusado de ateo por excluir a los dioses de las debidas explicaciones; traer a colación a los átomos, aquello no que no se puede cortar, y proclamar y propalar que ellos por sí mismos (no por dioses) generan una sensibilidad que permite percibirlos; sufrir persecución y quema de libros como represalia y castigo por todo lo anterior, inaugura un cuadro de la experiencia gnoseológica que encuentra repetición varios siglos después con Copérnico, Giordano Bruno, Francis Bacon, Galileo Galilei y René Descartes en la fundación de la filosofía y ciencia modernas.
Y es porque en el fondo, puede decirse, lo mismo para antiguos como para modernos, pende a la consideración el tema de la materia y la conciencia, de las ideas y la conciencia, apartados que dividen en corrientes a la filosofía. Los unos materialistas, desterradores de dioses en su explicación de que la conciencia humana es consecuencia de lo material; los otros idealistas, que propalan que la idea es lo primordial.
En el principio no fueron los hombres, seres concretos, sino los dioses, seres etéreos. Es la era mágica y primera de la razón humana. Herramientas y hasta los mismos sentidos humanos son prescindibles para acceder a lo que entonces los hombres proclaman sus verdades, sus esencias, sus dioses, su panacea explicativa. Si en un principio son las ideas (eso etéreo inalcanzable), es consecuente que la meditación sea el camino esencial para acceder a ellas. Por ello no extraña que un Demócrito se arrancase los ojos para no importunarla; o que un Pirrón se extirpase las cuerdas vocales para no contaminar su juicio durante su ocurrencia.
El único método que entonces precisa tal sistema filosófico para sin yerro dar con la verdad, para su ciencia fundar una historia natural, es el de la meditación y el de seguir la evolución del espíritu, como dijera casi dos mil años después Francis Bacon. Porque la verdad está subsumida en lo esencial, en lo etéreo, en la interioridad del individuo que percibe su sustancia y en su abstracción de lo externo. La primera edad filosófica del mundo es, pues, la meditación, con todos su yerros y omisiones respecto del mundo extraconciente.
Pero los hombres son humanos y están dotados ─limitada e imperfectamente─ de sentidos, entonces la medida de las cosas. Son los “genios malignos” del error (tanto entonces como ahora), como también mucho tiempo después dijera Descartes. Su testimonio fementido hacia la corriente interna de la evolución del espíritu y sus ideas eventualmente degeneraba en perturbación contaminante. Así ─volvemos─ se explica la anécdota de Pirrón y Demócrito.
Sin embargo, con todo y su por algunos postulada inadecuación en la aprehensión de lo esencial, los sentidos fueron la primera medida filosófica, la primera escuela de los hombres, como lo es la misma infancia para el humano. Verdad y error estaban implicados en su percepción y, aun en el supuesto de apreciar la verdad, su testimonio siempre se consideraba alejado de la pureza y divinidad imperante en lo esencial.
La tragedia para los hombres empieza con los brotes materialistas, muchísimo antes que la historia de estos griegos de los que hablamos. En otras culturas y enfoques podía el agua generar la vida, tener sus propiedades y facultades, ser diosa instituida sin problema alguno; pero en la época griega que tratamos, atribuirle a la materia propiedades autónomas era incurrir en ateísmo e impiedad. Un dios animaba la materia y con su magia la hacia sensible a la percepción humana. Se entiende que no era posible eso de que “en un principio fuese la materia, luego la conciencia”. Los dioses siempre fueron.
Si ya la percepción imprecisa de las cosas comportaba una contaminación para la corriente interna de la busca de la verdad, perturbando la meditación, el libre fluir del espíritu, mayor drama habría de representar aseveraciones como que la materia tenía una sistémica vida propia, desentendida de divinidad alguna; grave era eso de que una moneda en la mano la percibo porque ella, materialmente, emite un peculiar efecto y no porque la anime un dios para que yo sepa. Lo contrario no es idealismo, sino ateísmo, para desgracia de sus propulsores.
Se trata de una era primitiva del pensar, como llevamos dicho, ensimismada en su propia fenomenología, en su dialéctica, que abarcó toda la época del razonar griego hasta el luminoso Aristóteles, que, sin otro remedio y auxilio que sus ojos y el peculiar razonamiento de herencia y formación, parió y oficializó dicho espíritu para el devenir de la humanidad, hasta hace muy poco.
Los escolásticos se encargarían después de vestir el cuerpo del pensar griego con el ropaje religioso cristiano (o viceversa), haciéndolo Estado, lo cual seguramente ha de representar la mayor aspiración del idealismo filosófico entre los políticos hombres.
Cuando con sus métodos y herramientas advienen los hombres de la ciencia moderna (Copérnico, Bruno, Bacon, Galileo, Descartes) y empiezan a cuestionar verdades establecidas, empieza otra vez a repetirse el ciclo del acusatorio de “irrespeto” al pensamiento divino, la historia de herejía, el ateísmo o impiedad. Pero está vez con mejores métodos y esperanzas defensivos para el “hereje”; con más ciencia y menos refutación (aunque, en contrapartida, con más fanatismo); con más materia terrenal y menos aérea conciencia, para decirlo con un lenguaje de mayor aclimatación. Y el asunto ─la debacle aristotélica y ptolomeica, específicamente─ empieza por el cuestionamiento geocentrista.
La materia cobró dimensión existencial, filosófica, científica; empezó a tener leyes, leyes ajenas a etéreas divinidades. Los nuevos instrumentos, apoyo de los sentidos, exorcizaban en lo posible el yerro natural humano, esa ingenuidad del principio. Y el mundo de los sentidos empezó a caer; Aristóteles, a tambalearse. No era tan cierto eso de que los sentidos fuesen la medida de las cosas (tomando partido nosotros por una de sus interpretaciones): los ojos decían que alrededor de la Tierra, divina ella, giraba todo; pero los instrumentos empezaron a comprobar lo contrario.
El método y las herramientas hicieron la diferencia respecto de la ingenuidad filosófica antigua; trajeron consigo la filosofía y ciencia modernas.
La filosofía antigua es como la primera escuela de los sentidos: verdad y mentira navegan en ella, como en barcazas construidas con medidas ingenuas. Aristóteles oficializó el espíritu griego, pero también su caterva errónea, transformada luego en autoridad. Y los escolásticos luego hicieron ese trabajo: pervirtieron el espírtu idealista griego y lo reclavetearon haciendo de la barcaza una iglesia. Ergo, tenemos al hombre, ser político y religioso, pensante humano, sometido en su pensamiento al tal método de autoridad mental, avasallado, en fin, por tanta “verdad” impuesta, en los sucesivo acariciando el arma del dudar y la desconfianza. Esto si reducimos al hombre a la simpleza interpretativa de que es un ser de conflictos, de fe y rebelión.
Las nuevas herramientas, actitudes y métodos invirtieron los papeles en la busca de la verdad: ahora lo perturbado en el hallazgo no era la corriente interna del espíritu; al contrario, el espíritu humano, con su formación y carga de maderos claveteados, era quien entorpecía el libre fluir e interpretación de la corriente material y sus leyes. El punto es materia de reflexión para Bacon en su Novum Organum y sus conocidos ídolos del prejuicio.
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“Explicar la diferencia que hay entre: lo que uno tiene; lo que uno es; lo que uno sabe. Considere que lo que uno sabe es siempre legítimo, honestamente adquirido, moralmente inobjetable y de ningún modo expropiable”
Ignacio Burk
I
“Tener”, corrientemente “lo que uno tiene”, en general parece determinarse por “el qué dirán”. Tiene mucho de prejuicio, de convención, de sentencia social. Y puede, por consiguiente, comportar una gran falsedad respecto al real “contenido” (valor) de lo que se tiene. Es decir, confusión en relación a su conceptuación en términos de autenticidad; si vale más “tener” porque se es propietario de asuntos materiales o porque se es portador de intangibles sustancias espirituales.
Para el primer caso, bien que parece haber condiciones concretas para decir “yo tengo”; la casa, vehículo o los billones de bolívares así lo acreditan. Para el segundo, suponiéndose que no se tenga más que la vida y cierto saber, es más difícil acreditar que se tiene algo, aunque el conocimiento o saber del cual se es dueño pueda comportar la maravilla de salvar al mundo.
El problema es que es intangible, nadie lo ve y no puede ser digerido para que alguien, por ejemplo, se lo coma y pueda luego decir que sirve para algo. De allí el menosprecio por el mundo de lo invisible, para decirlo de algún modo.
Se cansó el mundo de “tener” maestros que promulgaron el conocimiento que salva al mundo, y fueron en su tiempo, sin excepción alguna, a los ojos de los dueños de las fortunas, unos redomados miserables, en muchos casos descamisados hasta morir. Tal es el precio de no ser rico en los asuntos materiales de la Tierra; esto es, en no ser depositario de los tesoros monetarios, sino de las ideas, mismas que son como la moneda de lo etéreo. Tocarse la cabeza y decir “Tengo” mantiene una diferencia sustancial con que toques tu billetera o tus propiedades y digas lo mismo.
Tanto es la necesidad de convicción por “tocar madera” del hombre que los mismos maestros, a veces cansados de la vocación material del mundo, tuvieron que aceptar entre sus seguidores a hombres que jamás terminaron de desprenderse de semejante modelamiento. Santo Tomás tuvo que introducir un dedo en la mano herida de Jesús de Nazaret para cerciorarse de su divinidad, aun hecha materia. Porque es así con el hombre: lo incorpóreo, lo que es moneda de lo invisible, no parece ser parte del mundo concreto terrenal, perteneciendo, por el contrario, al mundo de los númenes y los cielos.
Quien ha tenido el conocimiento jamás en su tiempo ha sido dueño de “nada” (para continuar con este materialismo) , aunque por momentos pueda haber sentido que la humanidad dependa de sus “secretos”. Domeñaron los sacerdotes antiguos a sus pueblos con sus saberes astronómicos, físicos y químicos, como magia determinante sobre la actividad de manutención colectiva, como la agricultura, la caza y la pesca; pero siempre estuvieron al servicio de una casta superior, es decir, de unos mayores potentados dueños de “todo”, hechos con el poder de ser dueños de vidas.
Científicos de todo tiempo descubren las leyes que regulan la materia y la fenomenología física del mundo, y algunos en su época no pudieron siquiera hablar de sus hallazgos, aunque estos pronosticase que una bola de fuego se acercaba al planeta Tierra para destruirlo. Modernamente, como tampoco contemporáneamente, la suerte ha cambiado. Quienes sean estudiosos de los pormenores de la física (estandarte científico de lo material, para estrechar un poco los campos y para escoger el ejemplo alusivo), ricos como sea en conocimientos, no pasan de ser más que útiles operarios al servicio de los poderes constituidos (estructurales, tangibles) del mundo. Como si la materia tuviese la vida y voluntad propias de sus dueños y se diese el lujo de explotar a conveniencia el contenido de semejantes envases de “aire” humano.
Quienes sabios (operarios al fin) trabajaron para concretar el armamento atómico fueron científicos prácticamente convictos de las fuerzas de seguridad del “mundo poderoso de lo material” reinante, para de algún modo retratar a quienes dueños de la materia y la fuerza la utilizan como una herramienta para el dominio sobre los demás. Ricos, terratenientes, transnacionales, plutócratas, son los dueños materiales del planeta Tierra, luciendo el otro “rico”, el que tiene el conocimiento (para restringirnos a nuestros puntos), como una criatura que muy a su pesar parece tener un cuerpo material que requiere su espacio vital en el mundo, teniendo que pedir permiso para vivir a quienes funjan de amos.
Al sabio se le paga con una “hoja de servicios” y reconocimientos académicos, y hasta con “inmortalidad”, si de la especie antigua. Su poder y capacidad de obrar son limitados; su estatus y tener, estereotipados. Siempre operarios, “al servicio de”. Siempre hombres “nobles” que consumieron su vida para adentrarse en las honduras que rigen el mundo de lo material, mientras los otros se apoderaban de los campos por ellos estudiados. Tal es la suerte y destino de los hombres llamados de ideas: científicos, revolucionarios, soñadores, predicadores…, desprendidos de lo mundano material para hacerse representantes de otros mundos en la Tierra. Jesús de Nazaret trastocó el mundo con sus tesis –si, como no-, pero el mundo nuevo inaugurado por su Iglesia dista a un año luz de su predicación original, sistematizadas sus enseñanzas en un corpus monumental de la hipocresía, asimiladas por los posteriores aparatos del Estado como mecanismos de control, siendo presuntamente hasta el Estado mismo en muchos casos, al servicios de potentados y minorías. La religión, para el caso, es un desenfrenado libro sagrado pervertido históricamente en sus códices según pautas de las estructuras a conservar.
A cuentagotas, como siempre ha sido la historia, sus aportes, los precipitados de sus riquezas (hablamos de los sabios, dueños de nada), han tenido un impacto dosificado sobre la realidad, dado que la realidad –ese aparente mundo concreto de lo material- ha mantenido siempre sobre sí un custodio de la conveniencia, un cancerbero que devenga intereses de la moldura material de “como está hecha la vida”. De modo que nadie podrá aseverar que un teniente de las ideas modificó nada, así como así porque quiso y dispuso, demostrando con su acción valencia de su creída condición de tener. Nada más lejos, como llevamos dicho.
El mundo, pues, es ese molde expresión de quien “tiene” y es dueño de los asuntos materiales; es un edificio atravesado por los vericuetos interesados en velar sus propias fronteras. Moverlo, esto es, intentar contagiarlo con un brote de “riqueza” de quien pare una idea aunque sea luminosa, no vale el esfuerzo ni de la idea misma, al menos en un plazo inmediato. Granítica es la tenencia de quienes se apropian del sistema, es decir, del verbo “tener” hecho práctica. Se mantuvo a Aristóteles por los Estados y formas de poder occidentales como la versión oficial de la realidad, hasta no hace gran cosa de tiempo, manteniendo estático el interés de ciertos grupos humanos; Galileo Galilei, con su gran verdad, no convino al estatus material del momento con sus elucubraciones y fue obligado a sumirse en foso de sus propias negaciones.
El poder es el átomo (y quienes en efecto lo señorean), nominación de lo material, con todo y que es una convencional idea confeccionada por sabios. Arquímedes, el sabio griego, después de todo inventaba pertrechos de guerra para procurar el triunfo de los suyos, donde tenía un espacio para que su cuerpo viviera y de donde derivaba el plato de comida con que lo alimentaba. Puede resultar pintoresca la imagen del sabio trabajando en sus laboratorios, mientras soldados daban la vida en la batallas y algunos pocos, propietarios ellos, tenientes capitanes de la materia, diseñaban el cómo utilizar los inventos y el dónde se perderían más vidas.
Quien fatuo suponga que el mundo ha de cambiar porque halle con su elucubrar científico la cura para las más difíciles enfermedades que aquejan a la humanidad, ha perdido con los años dedicados a los estudios la riqueza de comprender la vida. No se curan las enfermedades más allá del interés corporativo de sus transnacionales. Se repite: las estructuras, por cierto materiales, están creadas con el propósito de velar por sus dueños y para ser veladas por ellos.
Nunca el sabio, del que se puede afirmar nada material posee (a menos que su conocimiento se concrete en función de la producción material, no sabiéndose si sería sabiduría, para el caso), pudo haber sido tan pleno como cuando míticamente fue instruido por Prometeo para recibir y manejar el fuego, de natural propiedad de los dioses. El fuego concreto, aniquilante, arrasante de estructuras y hombres. El hombre-dios, conocedor de sus secretos... Pero son épocas míticas de la memoria, superadas por las fantásticas fortalezas de los presentes destinos.
II
¿Quien o qué dicta, en fin, lo que es “auténtico” tener? ¿Quién tiene y quién no? ¿Es el asunto una consideración sobre paradigmas y convenciones? ¿Tiene quien es dueño de la materia? Luego, ¿quien tiene es, de modo que un sabio, siendo propietario de lo incorpóreo, ni nada tiene ni nadie es?
En modo alguno el asunto pertenece a lo convencional. No se dirá que alguien tiene algo es dueño de nada si no es capaz de derivar poder de sus tenencias y si no es capaz de protegerlas. Hablamos del mundo granítico de lo material, susceptible de adoptar formas físicas y agresivas de herramientas, de las armas, capaces cortar “físicas” vidas. Hablamos de la cultura efectiva del soldado, armado para matar, defendiéndose a sí, a sus dioses, señores e intereses. El hierro forjado, la materia concreta que se tiene, sus capacidades inherentes de muerte, no son una convención, sino un efecto tangible de facto.
Porque el hombre discurre en medio de la propia naturaleza que lo porta: el cuerpo físico que respira, se alimenta y defeca; el mismo que requiere un espacio para estar y ser, aunque su mente tenga conciencia de todas tales necesidades, propias de la animalidad de la especie. Se es en concreto carne y materia, perteneciendo las ideas a la dimensión de lo que no es, careciendo de efecto tangible de vida mundana. Se es Santo Tomás tocando y no Jesucristo predicando una utopía de lo imposible.
Bastante puede considerarse el “ídolo del mercado”, de Bacon, como la convencionalidad influyendo sobre la cultura de inauténticos modos de vida, y se puede aceptar, como en efecto ocurre en la vida, de que es alguien quien tiene y es dueño de cosas, vista de determinada manera y tenga poder, viviendo una “dolce vita”; pero nada rebasará, como mejor explicación para discurrir sobre este “natural” materialismo humano, el mismo hecho del hombre de ser una corporeidad que requiere combustible “físico” para seguir viviendo. Tiene, quien en los términos discurridos, es material.
Huelga hablar sobre “ser” (en este sentido cotidiano que tratamos), porque en la onda seguida se nos presenta como una consecuencia, bajo el enfoque del “ídolo del prejuicio” citado de Bacon. “Saber” comporta un modo de esencia, de “ser”, ya bastante contrastada con el tema material de la discusión.
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